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Geopolítica

China acecha a los investigadores de IA mientras Washington apuesta a la 'superinteligencia'

Hackers vinculados a China usaron identidades falsas de ex funcionarios estadounidenses y empleados de Anthropic para infiltrarse en círculos de política de inteligencia artificial. El episodio coincide con una semana de movimientos de alto voltaje en Washington sobre el futuro de la IA.

2 de octubre de 2026 • El Lado Correcto
China acecha a los investigadores de IA mientras Washington apuesta a la 'superinteligencia'
Crédito: Fleshas — CC BY-SA 4.0

Piratas informáticos vinculados al gobierno chino montaron campañas de phishing dirigidas a investigadores de política de inteligencia artificial en Estados Unidos, haciéndose pasar por ex funcionarios gubernamentales y al menos un empleado de Anthropic, la empresa de IA detrás del asistente Claude. La firma de ciberseguridad Proofpoint identificó las operaciones y confirmó que el objetivo final era robar credenciales de acceso a cuentas en la nube de las víctimas.

El método es conocido pero eficaz. Los atacantes eligieron identidades de alto perfil y reconocibles dentro de los círculos donde se discute política de IA, lo que les permitía ganarse la confianza inicial antes de intentar el robo de credenciales. Los investigadores de política son blancos especialmente valorados porque no trabajan con información clasificada en servidores militares protegidos, sino en entornos más permeables, con acceso a debates, borradores y contactos que difícilmente aparecen en un documento oficial.

El contexto que hace al blanco

Esta operación no ocurre en el vacío. La inteligencia artificial se convirtió en los últimos años en uno de los ejes centrales de la competencia estratégica entre China y Estados Unidos, y Washington es cada vez más consciente de que la ventaja no se mide solo en chips o modelos de lenguaje, sino en el capital humano y en los debates de política que moldean cómo y cuánto los Estados regulan o aceleran el desarrollo de estos sistemas.

Apuntar a investigadores de política, y no solo a ingenieros o laboratorios, es un indicador de madurez táctica. Quien accede a esas conversaciones obtiene visibilidad sobre hacia dónde se mueve la regulación, qué actores tienen más influencia, y cómo planea Washington manejar la tecnología antes de que se convierta en política pública.

La respuesta de la Casa Blanca

El martes 30 de septiembre, la administración del presidente estadounidense presentó una orden ejecutiva sobre "superinteligencia" junto con un acuerdo voluntario con la industria del sector. La vicepresidenta encabezó los anuncios y dejó en claro la posición del gobierno: prefieren trabajar con las empresas de IA antes que regularlas.

Esa apuesta por la autorregulación tiene defensores y críticos. Quienes la apoyan argumentan que cualquier freno regulatorio le daría ventaja a China, que no enfrenta las mismas restricciones internas. Quienes la cuestionan señalan exactamente lo mismo desde el ángulo opuesto: sin un marco claro, es más difícil proteger la investigación sensible de operaciones de espionaje como las que Proofpoint acaba de documentar.

Los semiconductores, el otro frente

Paralelo a esta dinámica de espionaje y política, el debate tecnológico entre ambas potencias tiene otro frente que no para de moverse. El análisis del investigador Jost Wubbeke publicado en Real Clear Defense sostiene que los cuellos de botella de China en semiconductores están desapareciendo, lo que pone en cuestión uno de los supuestos centrales de la estrategia estadounidense de control de exportaciones.

El eje del debate en Washington era si China podía o no desarrollar una máquina de litografía ultravioleta extrema, la tecnología más avanzada para fabricar los chips más sofisticados. Si Wubbeke tiene razón, esa pregunta deja de ser hipotética y se convierte en un problema de política activo. Los controles de exportación de semiconductores fueron durante años la principal palanca de presión tecnológica sobre Beijing. Si China logra cerrar esa brecha por sus propios medios, el margen de maniobra de Washington se achica considerablemente.

Los tres frentes, el espionaje dirigido a investigadores de IA, la orden ejecutiva sobre superinteligencia y la erosión de las ventajas en semiconductores, forman parte del mismo tablero. La competencia tecnológica entre Estados Unidos y China ya no es solo una cuestión de laboratorios y fábricas de chips: también pasa por quién controla el debate sobre cómo se van a usar estas tecnologías, y por quién puede infiltrar ese debate antes de que se cierre.

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