Al 1 de septiembre de 2026, Oryx había documentado con evidencia fotográfica 218 pérdidas de tanques de la familia T-90, y 159 de ellas corresponden al T-90M Proryv, la variante más moderna que Rusia tenía en inventario cuando comenzó la invasión a gran escala de Ucrania. El número es llamativo por una razón precisa: supera la cantidad de T-90M que Rusia poseía al inicio del conflicto.
El tanque que iba a corregir los errores anteriores
Roman Pilipey — CC BY 4.0
El T-90M fue diseñado para resolver los problemas que habían convertido a los T-72 y T-80 en ataúdes rodantes durante los conflictos de los años noventa. La munición almacenada dentro del compartimiento de combate, en el característico carrusel bajo la torreta, era la causa principal de las detonaciones catastróficas que se volvieron sinónimo del armamento soviético: cuando un proyectil penetraba el casco, el cargador automático circular se convertía en una mecha que enviaba la torreta por el aire.
El T-90M intentó resolver al menos parte del problema. Incorporó una torreta soldada en lugar de fundida, blindaje reactivo Relikt de tercera generación, el sistema de control de fuego Kalina y, sobre todo, un almacén de munición en la culata de la torreta con paneles de evacuación de sobrepresión. La idea era que, si el compartimiento de munición era alcanzado, la explosión se canalizara hacia afuera y no hacia adentro donde está la tripulación. En teoría, era un salto cualitativo respecto a todo lo que lo precedía en el inventario ruso.
El carrusel que Rusia no eliminó
Ministry of Defence of the Russian Federation — CC BY 4.0
El problema es que el T-90M no eliminó el carrusel. Lo redujo como almacén principal, pero lo mantuvo bajo la tripulación como parte del sistema de carga. En la práctica, el tanque siguió siendo vulnerable a un mecanismo que los ingenieros occidentales descartaron décadas atrás en favor de almacenes separados con blindaje propio, como los que usa la familia Abrams o el Leopard 2.
Esa vulnerabilidad estructural se encontró en Ucrania con una amenaza para la que el T-90M no fue diseñado: los drones FPV. Estos cuadricópteros modificados, operados a distancia por soldados ucranianos, atacan a bajo costo desde ángulos que el blindaje lateral y el techo de la torreta no protegen bien. Son lentos y pequeños, pero precisos, baratos de producir en grandes cantidades y capaces de apuntar a las zonas más débiles del tanque sin exponerse al fuego directo de la tripulación.
Respuestas improvisadas sobre el campo
Nickel nitride — CC0
Antes esas pérdidas, el Ejército ruso ensayó varias respuestas. La más visible es la adición de jaulas metálicas soldadas sobre la torreta y el casco, estructuras improvisadas que intentan detonar los drones antes de que lleguen al blindaje. Su eficacia real es limitada y variable, y su peso adicional afecta la movilidad. También se intentó integrar el sistema de protección activa Arena-M, diseñado para interceptar proyectiles antitanque, aunque su adaptación para drones FPV presenta problemas técnicos no resueltos.
La consecuencia más significativa, sin embargo, no es tecnológica sino táctica. Rusia ha dejado en gran medida de emplear sus tanques de la manera para la que fueron concebidos, como plataformas de maniobra y ruptura de líneas en terreno abierto. El riesgo de pérdidas por drones en ese tipo de operaciones se ha vuelto demasiado alto para justificar el uso masivo. El T-90M, el tanque que debía demostrar que Rusia había aprendido las lecciones de los noventa, terminó siendo una medida del costo de no haberlas aprendido del todo.